El servicio cristiano es lo opuesto a los valores del sistema del mundo. “..Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él..” (1º Juan 2:15). Los dos “amores” mencionados en ese versículo son opuestos. El “amor al mundo” es el deseo vehemente de tener lo que el mundo ofrece: Placer personal, posesiones materiales, autoexaltación.
Esas cosas se describen en el pasaje de referencia como: “..los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida..” (1º Juan 2:16). El creyente que ama a Dios debe despreciar ese falso sistema de valores.
Juan continúa diciendo que todas las cosas de este mundo pasan (1º Juan 2: 16 y 17). Nada de lo que hay en él permanece. Los servidores según la Biblia no desperdiciarán sus energías trabajando “..por la comida que perece, sino por la comida que vida eterna permanece..” (Juan 6:27)
Otra razón para la impopularidad de servir es que se opone a nuestros “derechos”. Se nos ha hecho creer que los derechos a tener salud, riqueza y felicidad son inalienables; es decir, no se nos pueden quitar ni transferir a otros, por estar garantizados por la ley. Por esos derechos se llega hasta la guerra.
El cristiano, no obstante, debe aprender la diferencia que hay entre sus derechos como ciudadano de un país y sus derechos en el Reino de los cielos. En el Reino de los cielos, él es un siervo, un esclavo.
¿Qué derechos tiene un esclavo? ¿Sueldo, relaciones, tiempo libre, autoridad, opciones? Ninguno de ellos. El esclavo no tiene absolutamente ningún derecho. Depende completamente de la benevolencia de su amo.
En término humanos, el amo debe ser un capataz severo y la situación intolerable. Pero en el Reino de Dios el Amo es el mismo “clemente y misericordioso Dios” que trata a sus siervos con amor. El hace siempre lo que es justo y lo que les proporciona el mayor bienestar. Sus siervos lo aman y disfrutan sirviéndole.
Sin embargo, como siervos, reconocen que El es el Señor; que toda decisión es suya; que no tienen derechos propios, sino el deber de agradarle y obedecerle a El. Al hacerlo así, están asumiendo el lugar que el Señor Jesús tomó cuanto tomó “forma de siervo” (Filipenses 2:7)
Kenneth C. Fleming
Del libro "Se humilló a si mismo"

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