Así es el pecado. Nos acostumbramos a él y lo acariciamos cuando es pequeño. Pero cuando crece, termina destruyéndonos completamente.
Es sorprendente que hoy algunos jóvenes confiesen terribles pecados como si estuvieran contando un cuento. Es una señal de la liviandad y decadencia espiritual que padecemos. Llegan como si trajeran un paquete de masas finas en papel de regalo y con moñito, pero cuando lo abren aparecen gusanos, huesos de muertos y hediondez.
Muchos hoy resisten la exhortación en contra del pecado. Prefieren una prédica populista centrada en la satisfacción de los deseos. Enseguida ponen barreras y piensan: “..Me dan palos, no me comprenden..” (Sobre todo si la reprensión viene del padre o Pastor). Esta prédica “populista” va a mandar a miles de personas consoladas al infierno.
Hemos sido leudados por la levadura de los fariseos. Jesús dijo a sus discípulos: “..Guárdense de la levadura de los fariseos que es la hipocresía..”. Uno no se vuelve hipócrita de la noche a la mañana, en un instante, sino que sigue el mismo proceso que la levadura. Y una pequeña medida, con el tiempo, leuda toda la masa. Comenzamos por ocultar un pecado pequeño. Luego otro. Hasta que toda la vida se convierte en una gran simulación. Cantamos, adoramos, y aún cometemos el sacrilegio de participar de la Cena del Señor estando en pecado.
Hay basura debajo de la alfombra, pero rociamos perfume para tapar el hedor. Es como maquillarse para que no se noten las arrugas. Los drogadictos, en su jerga, lo expresarían así: “Son caretas” Describen de ese modo a los que no se drogan pero son tan sinvergüenzas y pecadores como ellos. Sólo que se mandan la parte.
Oscar Marcellino (Del Libro "Violentamente Cristiano")


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