Querido amigo enfermo, ¿No te has preguntado a menudo cómo tu dolorosa o persistente enfermedad es consistente con el hecho de ser elegido, y llamado, y ser uno con Cristo?
Me atrevería a decir que esto te deja grandemente perplejo, y si embargo, con toda verdad, no es de ninguna manera extraño, sino es algo que debe esperarse.
No debería sorprendernos que el hombre a quien el Señor ama esté enfermo, pues es sólo un hombre. El amor de Jesús no nos separa de las necesidades y de las debilidades comunes de la vida humana. Los hombres de Dios siguen siendo hombres. El pacto de gracia no es una carta de privilegio que nos exima de la tisis, o del reumatismo, o del asma. Los males corporales, que nos sobrevienen por causa de nuestra carne, nos acompañarán hasta la tumba, pues Pablo dice: "..Los que estamos en este tabernáculo gemimos.."
Aquellos a quienes el Señor ama, son más propensos a enfermarse, pues están bajo una disciplina peculiar. Está escrito: "..Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.." La aflicción de cualquier tipo, es una de las señales de los hijos verdaderamente nacidos de Dios, y sucede con frecuencia que la prueba toma la forma de la enfermedad. ¿Habría de sorprendernos, entonces, que tengamos que tomar nuestro turno en el lecho de la enfermedad? Si Job, y David y Ezequías en su momento tuvieron que dolerse, ¿quiénes somos nosotros para sorprendernos porque nos encontremos sufriendo de mala salud?
Tampoco debería sorprendernos que nos enfermemos, si reflexionáramos en el grandioso beneficio que fluye de la prueba hacia nosotros. Yo desconozco qué perfeccionamiento peculiar haya sido obrado en Lázaro, pero muchos discípulos de Jesús habrían sido de poca utilidad si no hubiesen sido afligidos.
Los hombres fuertes son proclives a ser duros, mandones e indiferentes, y, por tanto, necesitan ser colocados y fundidos en el horno.
He conocido a ciertas mujeres cristianas que nunca habrían sido tan delicadas, tiernas, sabias, experimentadas y santas si no hubiesen sido ablandadas por el dolor físico.
Hay frutos en el huerto de Dios, así como en el huerto del hombre, que no maduran mientras no sean golpeados. Jóvenes mujeres que son propensas a ser volátiles, altivas o locuaces, a menudo son entrenadas por una enfermedad tras otra para que estén llenas de dulzura y luz, y de esta manera son enseñadas a sentarse a los pies de Jesús. Muchas de ellas han sido capaces de decir con el salmista: "..Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.."
Por esta razón, incluso aquellas que son favorecidas y benditas entre las mujeres, pueden sentir que una espada atraviesa sus corazones.
Muchas veces esta enfermedad de los amados del Señor es para el bien de otros. A Lázaro se le dejó que se enfermara y muriera, para que por su muerte y resurrección los apóstoles fueran beneficiados. Su enfermedad fue "para la gloria de Dios".
La iglesia y el mundo pueden extraer un inmenso beneficio de las aflicciones de los hombres buenos: los descuidados pueden ser despertados, los que dudan pueden ser convencidos, los impíos pueden ser convertidos y los enlutados pueden ser consolados a través de nuestro testimonio en la enfermedad; y, si es así, ¿desearíamos evitar el dolor y la debilidad? ¿Acaso no estamos muy dispuestos a que nuestros amigos digan de nosotros también: "..Señor, he aquí el que amas está enfermo.."?
Charles Spurgeon


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